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Excalibur (John Boorman, 1981)

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 (Imagen: The Death of King Arthur, pintura al óleo de James Archer, 1860)

Si bien en el ámbito argumental Excalibur se basa fundamentalmente en el libro La muerte de Arturo de Thomas Malory ( publicado en 1485 por William Caxton y que ha devenido el escrito más conocido sobre las leyendas artúricas), no es menos relevante la influencia espiritual (al margen de la musical) de Richard Wagner y su modo de entender las leyendas épicas medievales*.

 

Excesiva en todos los aspectos*, deseperantemente irregular, a menudo burda narrativa y conceptualmente, la obra que nos ocupa es no obstante una desconcertante, en ocasiones brillante y finalmente memorable visión de las leyendas medievales en las que se basa. John Boorman, mediante una puesta en escena apasionada aunque no excesivamente inspirada que al menos no incurre en los peores defectos que se pueden observar en el cine de esa década, acierta al plasmar en Excalibur el esplendor de las gestas heroicas, la descarnada barbarie de la guerra, el poder telúrico-mágico de los paisajes y su influencia en el hombre, con la necesaria concurrencia de la extraordinaria fotografía de Alex Thomson, quien adapta pertinentemente la intensidad lumínica y la tonalidad cromática a la evolución de la narración.

Visceral, arrebatadamente romántica, nerviosa, mágica, enigmática, vulgar (al estilo de algunas narraciones medievales en las que se describía de forma ramplona la violencia física y el curso de los acontecimientos), resulta única respecto a otras narraciones de temática similar como el díptico de Los nibelungos rodado por Fritz Lang en 1924 (estudio geométrico, generalmente estático, en el que la posición de los actores en los colosales escenarios deviene la tesis significante) o Los caballeros de la mesa redonda (superficial y tedioso filme de aventuras dirigido por el mediocre, e injustamente recordado, Richard Thorpe en 1953).     

Más destacable en su vertiente puramente visual y conceptual (particularmente la inserción de lo mágico y lo telúrico en la vida de los personajes del drama) que en lo relativo a la utilización del lenguaje cinematográfico, Excalibur finaliza con una pletórica escena en la que su director capta a la perfección la tonalidad mística y desaforadamente épico-romántica del relato y que supone el compendio de las mejores virtudes que atesora en su seno.

 

Puntuación: 3/5

 

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* A modo de ejemplo: se observa a lo largo del metraje actuaciones que caen en el histrionismo más intempestivo, también cabe destacar la excesiva, y en pocas ocasiones acertada, utilización de las elipsis.

 

*Richard Wagner basó su producción operística en leyendas heróicas: las leyendas de los Nibelungos (la tetralogía de El anillo del nibelungo compuesta por El oro del Rin, La valquiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses) o las artúricas (su ópera Parsifal, basada en el poema épico medieval Parzival, escrito en el siglo XIII por Wolfram von Eschenbach). Wagner insufló aire romántico-germánico a las leyendas medievales, resaltando la mágica relación del hombre con los elementos naturales y la divina determinación de los heroes.

 



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