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Cuentos originales

ODA A LAS ROSAS (AUTOR: ALFREDO ALONSO)

ODA A LAS ROSAS (AUTOR: ALFREDO ALONSO)

 

 

Flor bella de infinitas tonalidades, fugaz esfinge de la selva, en tus doradas cumbres observo antiguos templos de ignotas culturas, de tus aterciopelados pétalos proviene el dulce aire con el que elaboro mi aliento, en tus espinas me rasgo las carnes y derramo mi sangre como tributo a tu imagen.

Mis manos, esculpidas por tus agudas dagas, buscan refugio en las gotas de agua que se desprenden de tu matinal despertar.

Flor bella, ¿eres acaso una mujer?. ¿Tal es el espejismo que engaña a mis sentidos?...

Seas mujer o flor, bella imagen iridiscente, acógeme en tus entrañas, elimina el molesto manto físico que nos separa y fúndete conmigo en la intimidad de las inexistentes cuevas más lejanas.

Oda a las rosas

Oda a  las rosas

Flor bella de infinitas tonalidades, fugaz esfinge de la selva, en tus doradas cumbres observo antiguos templos de ignotas culturas, de tus aterciopelados pétalos proviene el dulce aire con el que elaboro mi aliento, en tus espinas me rasgo las carnes y derramo mi sangre como tributo a tu imagen.

Mis manos, esculpidas por tus agudas dagas, buscan refugio en las gotas de agua que se desprenden de tu matinal despertar.

Flor bella, ¿eres acaso una mujer?. ¿Tal es el espejismo que engaña a mis sentidos?...

Seas mujer o flor, bella imagen iridiscente, acógeme en tus entrañas, elimina el molesto manto físico que nos separa y fúndete conmigo en la intimidad de las inexistentes cuevas más lejanas.

 

 

 

 

 

UN PEQUEÑO CUENTO DE AMOR EN EL OESTE

UN PEQUEÑO CUENTO DE AMOR EN EL OESTE
 
Sam había llegado a la desesperación. Ella se había marchado para siempre. Le había abandonado por un presuntuoso y brabucón olgazán del norte.
  
Habitualmente, al atardecer, cuando el sol empezaba a extender su manto rojizo por el horizonte, conducía al ganado hacia las praderas más altas y puras, aquellas por las cuales corría aire limpio y las nubes pasaban acariciando su cara mientras estaba tumbado en la radiante hierba.
  
Un día, mientras el dulce sueño le alcanzaba, creyó ver que la sombras de las nubes proyectaban en el suelo una figura que le era familiar... Sí, sin duda era la fugura de su amada, aquel espigado sueño  por el cual suspiraba a pesar de la traición.
 
Se levantó y echó a correr hacia la sombra y cuando creyó llegar a ella las nubes se disiparon y deshicieron el embrujado espejismo. Ella le había vuelto a dejar.
 
Recobró la calma e intentó olvidarla. Tenía que olvidarla, estaba sufriendo, retorciéndose de dolor ante la idea de su irremediable pérdida, pensando en aquellos días en los que los dos juntos iban a beber agua al arroyo y a coger frutos de los árboles de la pradera, pensaba en aquellos días de lluvia en los que se refugiaban bajo los árboles y se besaban jurándose amor eterno entre las gotas que se filtraban por las ramas... Tenía que olvidar todo aquello...
 
De vuelta a su casa el ganado se paró en medio del camino, negándose a avanzar. Se bajó del caballo y vió el motivo de la parada: una flor de incandescente color rojo había brotado de las yermas marrones tierras del camino, se trataba de la flor más bella que había visto en su vida.
 
Mientras estaba absorto observándola notó una brisa refrescante en su espalda. Se giró. Era ella, su amada que volvía a sus brazos corriendo hacia él.
 
Se abrazaron y lloraron de amargura y de alegría durante unos instantes que parecieron siglos de felicidad, mientras tanto sus lágrimas caían sobre aquella  flor roja, regándola. 
 
Los dos juntos partieron hacia su hogar llevando aquella flor entre sus manos, flor que nunca se marchitaría.
 
 
                                                                          FIN 
(Autor: Alfredo Alonso)