Crítica número 62: Scaramouche (George Sidney, 1952)

Escaramuzas de increíble vivacidad.
La acción de Scaramouche transcurre en Francia, en un momento anterior a la explosión de la Revolución que pondría fin al antiguo régimen. Dicha situación histórica ejemplifica a la perfección la dicotomía constante que reina todo el relato: el mundo de la vieja aristocracia y los nuevos burgueses, el protagonista del relato es a la vez humilde y aristocrático, ama a una humilde joven exhuberante y al mismo tiempo a otra dama noble, se esconde tras una máscara...
En Scaramouche hay una dualidad constante, un proceso de cambio (social, identitario, emocional) que supone la perfecta plasmación de la aventura entendida como viaje cambiante, como proceso de descubrimiento externo e interno...
Otro rasgo definitorio de la dualidad de Scaramouche es su condición de farsa y de aventura romántica. Por una parte en ella todo es posible, los sucesos tienen carácter folletinesco, exagerado, desenfadado... Por otra, la profundidad emotiva (drama, romance) que alcanza, la franqueza de la mirada del protagonista ante los hechos que ante sus ojos se desencadenan es magnífica.
Filme de ritmo trepidante parece, al mismo tiempo, detenerse en fugaces momentos en los que despliega oasis de frágil perfección. El dominio narrativo de Sidney es total (el filme se inicia con unos hombres a caballo que preguntan por un noble, el cual se ve, al fondo, en una colina incurso en una lid) dando a cada escena el tono que requiere, la fotografía es excelente (cierta escena en los jardines llenos de niebla), las actuaciones de los cuatro actores principales son memorables y la banda sonora de Victor Young posee la suficiente energía y pulso romántico para completar esta muestra de cine de capa y espada difícilmente igualable por su riqueza de tonos, temas, ambientes y actuaciones... Scaramouche parece estar rodada en un pletórico estado de euforia creativa.
En Scaramouche hay una dualidad constante, un proceso de cambio (social, identitario, emocional) que supone la perfecta plasmación de la aventura entendida como viaje cambiante, como proceso de descubrimiento externo e interno...
Otro rasgo definitorio de la dualidad de Scaramouche es su condición de farsa y de aventura romántica. Por una parte en ella todo es posible, los sucesos tienen carácter folletinesco, exagerado, desenfadado... Por otra, la profundidad emotiva (drama, romance) que alcanza, la franqueza de la mirada del protagonista ante los hechos que ante sus ojos se desencadenan es magnífica.
Filme de ritmo trepidante parece, al mismo tiempo, detenerse en fugaces momentos en los que despliega oasis de frágil perfección. El dominio narrativo de Sidney es total (el filme se inicia con unos hombres a caballo que preguntan por un noble, el cual se ve, al fondo, en una colina incurso en una lid) dando a cada escena el tono que requiere, la fotografía es excelente (cierta escena en los jardines llenos de niebla), las actuaciones de los cuatro actores principales son memorables y la banda sonora de Victor Young posee la suficiente energía y pulso romántico para completar esta muestra de cine de capa y espada difícilmente igualable por su riqueza de tonos, temas, ambientes y actuaciones... Scaramouche parece estar rodada en un pletórico estado de euforia creativa.
Puntuación: 4,5/5

